El ojo de cualquier tormenta es la zona
de aparente calma que lleva en poco tiempo a volver a entrar en la
tempestad, las tormentas, por lo menos las grandes, son grandes anillos
de vientos, humedades y cargas eléctricas. Y este anillo que gira a gran
velocidad, a su vez se desplaza sobre la superficie del globo
terrestre.
Cuando uno se encuentra en el ojo del huracán, está dentro de esa
zona de aparente calma; el sol brilla, el viento es una ligera brisa, o
incluso está en total calma. Si la tormenta es lo suficientemente grande (y
por lo tanto su ojo también), uno no tiene ni idea de que volverá a
estar en poco tiempo metido de lleno en la fuerza desatada de la
naturaleza.
En pocas palabras, con los datos que un ser humano
maneja en ese corto periodo de tiempo, la conclusión a la que llegará será
que la tormenta ha pasado, que ya puede salir de su escondite y pasear tranquilamente. Y estará
totalmente equivocado, de hecho si la tormenta es poderosa, estará
tremendamente equivocado, y pondrá su vida en grave riesgo.
Las
personas solas no, pero el ser humano tiene la capacidad de prever en alguna medida la
evolución de estos fenómenos. De crear complejos sistemas de simulación
matemática, incluso de poder ver las tormentas en su conjunto y medir en
tiempo real su velocidad de giro y de desplazamiento. Para ello la
humanidad ha gastado ingentes cantidades de recursos, mentales, humanos,
software y hardware, dotando al planeta que nos soporta de una simple y
primitiva red sensorial: Balizas en el mar que miden la velocidad del
viento y el tamaño de las olas, y mandan sus datos en tiempo real a las
redes. Estaciones meteorológicas que miden todos los parámetros que conocemos
del estado ambiental y aportan esa información. Satélites en órbitas geosincronicas o
geoestacionarias que examinan en varias longitudes de onda la atmósfera
terrestre y miden los tamaños de las nubes, sus velocidades, direcciónes, evoluciones en
suma.
Todos estos datos luego son procesados por un elevado
número de entes calculadores, tanto humanos como digitales, meteorológos, trituradoras de números e
incluso modestos ordenadores personales, para intentar prever dentro de nuestras posibilidades donde va esa
tormenta, o mejor aun, cuando se va a crear y que fuerza va a tener.
Ahora
podemos volver a nuestro ojo del huracán, y volvemos a
mirar el cielo, pero ya no lo hacemos con el ojo desnudo como antes,
ahora podemos contar con algo tan simple como un receptor de radio que
nos va a informar de lo que se preve que ocurrirá a
continuación, todo un avance que nos puede salvar la vida.
Podemos
ser mas Geeks y
optar por mirar el mundo a través de las redes (si no han caído por la tormenta),
entonces varios miles de paginas webs nos informarán del
estado del tiempo, lamentablemente obtendremos informaciones contradictorias unas a las
otras, con lo que tendremos que discernir entre lo serio y lo que está
ahí sin ningún tipo de control.
Avanzando un poco más
en el tiempo (quizá meses, desde luego como mucho años), nos podemos
encontrar con mirar el cielo con un dispositivo de realidad
aumentada[1]. Podríamos hablar por ejemplo de un móvil con Android (esa preciosa
versión de Linux para moviles creada para la comunidad por Google). Podemos
apuntar con la cámara del móvil al paisaje, teniendo
el GPS
activado y este nos informaría de lo que no podemos ver simplemente con
el ojo, humedad ambiental en la zona en la que estamos, velocidad del
viento, previsión para las próximas horas de hacia donde va la tormenta,
etc.
Si avanzaramos más en el
tiempo, y en ese lapso no nos hubiesemos cargado el planeta a base de polución y
corruptelas políticas, el dispositivo podría ser perfectamente unas gafas
con aspecto convencional que daría la información antes expuesta.
También
serían útiles en caso de catástrofe de cualquier
tipo para indicarte donde está el refugio más cercano, cual
es la vía de escape más segura, o indicar de tu posición a los equipos
de rescate una vez que la desgracia ha conseguido alcanzarte.
Esto no es un escenario de ciencia
ficción, es algo que ya está entre nosotros, al menos como embrión, y todos sabemos
lo poco que cuesta en tecnología que los embriones crezcan y se hagan
adultos, siempre que cuenten con el respaldo de las masas, y en
consecuencia del mercado.
La lastima es que para entornos que
deberían ser más conocidos, como es la mente humana, no tenemos nada que
se parezca. Nuestra red sensorial es mucho más compleja (¡ Ordenes de
magnitud !) y nuestro procesador de datos es hoy por hoy el sistema más
sofisticado del universo conocido, pero con todo eso, muchos de nosotros
somos incapaces de ver cuando estamos en el ojo del huracán social.
Cuantas
personas nos equivocamos constantemente al relacionarnos con otros
seres humanos, no vemos la borrasca cuando se avecina. Ya nos estamos
mojando y viendo como caen las gotas del cielo; la humedad se carga de
estatica y huele a ozono, pero seguimos pensando que hace buen día, y
que lo malo que nos está pasando será algo transitorio.
Incluso
muchos de nosotros somos incapaces de ver cuando estamos dentro del huracán,
lo cual ya tiene más delito. La capacidad de autoengaño de la mente
humana es enorme, casi inconmensurable, y es posiblemente mayor que
la capacidad que tenemos de ver la realidad tal y como es.
En
definitiva, no me importaría que inventaran un dispositivo de realidad
aumentada que me dijera cuando estoy haciendo el gilipollas, o cuando
simplemente estoy comportandome con normalidad. [2]
[1]
http://es.wikipedia.org/wiki/Realidad_aumentada
[2]
Dícese
cuando uno se comporta de forma no dañina para sí mismo ni para los
demás, esté
bien
o mal visto por la sociedad.

Tags: realidad aumentada, tormentas, dispositivos moviles